La vida de cuadritos

Los objetos se miran como reflejados en el agua; un espejo inestable formado por filas de cuadros que ondulan sin desbordar las blancas líneas de sus fronteras recoge sobre su superficie el orden mediante el cual botellas, papeles, herramientas, sillas, forman composiciones. Los objetos cotidianos acomodados o dejados al azar establecen vecindades, están encima, abajo, entre, les llega más o menos luz, y es por la simple fragmentación cuadricular que estas relaciones hacen valer su silencio; al descomponerse la unidad los objetos se reconcentran dentro de sus coordenadas, enfatizan su soberanía, disfrutan más su condición de recipientes, adornos, volúmenes o planicies, se dispone a ensayar complicidades sin perder la figura, a soportar la incoherencia de la pérdida de las proporciones. Conviven los objetos en distintas latitudes dentro del rigor de su mapa, la perfección de las formas, curvas o rectas, desvaría, algunas zonas desaparecen mientras otras ganan profundidad, se hunden unas y otras se estiran.
Lo sólido se reblandece y goza todavía más su movimiento: en tres tiempos tiende su estriada parábola una verde palma mientras abajo cuchichean azules y horizontales los cojines. Las coordenadas son renglones y por intermediación de las líneas blancas se impone un juego de conjunciones, preposiciones, disyunciones que reorganiza la lectura; los cuadros se suman armando frases enumerativas como las cuentas en un ábaco. Una frase vertical: en la oscuridad ascendente unos leves brillos de monedas y clips anuncian a un retrato oval sobre papeles blancos que se siguen hasta una pluma tajantemente interrumpida. También los tonos ondulan y pueden arrancar del horizonte un muestrario de azules. O bien leamos un cuatro cuadros cómo una silla dislocada ve a sus partes, incómodas, tratando de embonar dificultosamente para beneficio de una naturaleza muerta hecha de continuidades ambiguas.

Alfonso Morales Carrillo, 1982