Sístole y Diástole

Un dicho chino se pregunta: “Si la gente se arregla todos los días el cabello, ¿por qué no el corazón?” La frase juega con la oposición entre lo superficial y lo profundo, entre lo aparente y lo esencial, y pone en evidencia que el corazón, aunque oculto, se deja ver, da indicios de sí. No es de buenas maneras presentarse con el corazón desarreglado. Pero para ello hay que tratar al corazón como al cabello.
De esa manera ha operado Lourdes Almeida al realizar esta triple serie de fotografías del corazón. En primer lugar, lo ha sacado a la superficie, literalmente: nos lo ha mostrado en una operación a corazón abierto, en la que lo que era entraña es ya imagen, lo que era oscuridad se muestra a plena luz, y lo que era metáfora es ahora literal. Esa primera operación es violenta, no tanto porque vemos al corazón tocado por tubos y mangueras, por plásticos y metales, sino porque lo vemos suspendido en un instante. Un corazón en una fotografía inevitablemente no late, no suena: está en silencio. Es una serie, la de la caja mágica, fría como un documento —y un documento sobre el corazón siempre tiene algo estremecedor.
La siguiente operación —no sé si este orden es el que la fotógrafa le ha dado a sus imágenes: es el orden en que las leo— es irónica. Esta formada por una serie en la que cada imagen reelabora una metáfora tradicional representándola de un modo literal. El corazón es frágil como un vidrio; es gélido como un hielo, y si está herido tiene una lanza atravesada.
O es un corazón lacerado, en el que se clavan las agujas, como flechas en un San Sebastián. Es insensible, y está envuelto en plástico. Está quebrantado, literalmente partido. Cada imagen es un juego de palabras que ya no es un juego, porque la metáfora se vuelve sobre sí misma.
Finalmente, en una tercera serie de imágenes, el corazón, sin dejar de serlo, se vuelve el protagonista de una serie de metamorfosis en escenarios a la vez naturales y simbólicos: se convierte en unas flores caídas en la hierba del bosque, una llama en la espesura, una parvada que alza el vuelo. La serie se llama “Reminiscencias”, pero los títulos de cada una de las imágenes indican claramente que los recuerdos escenificados pertenecen a una memoria mítica y corresponden, cada una, al episodio de un relato mágico simbólico de resurrección.
¿Cómo podemos llegar a lo que está bajo la superficie? ¿Cómo saber cuál es el secreto de estas imágenes, que evidentemente hablan en clave y sólo podrían descifrarse a la luz de una historia cuyo secreto no conocemos? Un poeta del siglo X, Oshikochi no Mitsune, habría dicho que sólo llevados por el corazón:
Si las cortara,
las cortara con una
corazonada:
flores de crisantemo
blancas bajo la escarcha.

Aurelio Asiain, 2004